17 de diciembre de 2017

MATAR A LA BESTIA (2)

(continuación de Matar a la bestia)

En la comisaría le dieron una paliza y lo humillaron. Querían saber quiénes eran sus cómplices. De nada le sirvió explicarles que era un parado enfermo de cáncer de páncreas al que iban a desahuciar la semana siguiente.

No lo creyeron hasta que tuvieron en la mano la información del INEM, del banco y de la Seguridad Social. Era cierto. Le habían diagnosticado un cáncer de páncreas el año anterior y debido a las continuas inasistencias al trabajo, había sido despedido de la multinacional en la que trabajaba.  No pudo hacer frente a la hipoteca y el banco ya le había anunciado el desahucio. Para colmo, el oncólogo le comunicó, con gran pesar, que su cáncer era difícil y que a la Seguridad Social no le merecía la pena prescribirle el carísimo tratamiento que necesitaba para alargarle la vida unos meses. Aunque si quería podía pagárselo de su bolsillo…

MATAR A LA BESTIA (1)

Dudó un instante antes de disparar, es cierto. Ahora, varios meses después de aquello, tenía que reconocerlo. Pero fueron solo unas décimas de segundo. Pensaba que estaba completamente mentalizado para cumplir con esa misión que él mismo se había encomendado pero en el último momento la duda estuvo a punto de echarlo a perder.

Ahora se deleitaba al pensar en esa duda pues, probablemente, sirvió para que el presidente fuera más consciente de que iba a morir. De haber apretado el gatillo cuando debía seguramente el presidente hubiera partido hacia el otro mundo casi sin darse cuenta.
Sus compañeros lo felicitaban por ello.

EL DÍA DE LA VICTORIA

Nadie sabía explicar, años después, cómo había sucedido todo aquello, unos hechos que cambiaron el rumbo del país de repente y de forma tan brusca.

Era indudable que el cambio había sido bueno, que todos vivían mejor ahora, pero los historiadores, los politólogos, los sociólogos y hasta los psiquiatras seguían buscando una explicación desde entonces.

ASOCIACIÓN DE MALHECHORES

El magistrado ordenó a los acusados que se pusieran en pie. El Gobierno en pleno se levantó para escuchar el veredicto. Los acompañaban algunos militares, jefes policiales y otros miembros del partido que se habían lucrado con comisiones ilegales, extorsión, tráfico de influencias y privatizaciones indiscriminadas.

— Los puedo condenar y condeno a diez años de prisión por constituir una asociación de malhechores para delinquir, valiéndose de ella para saquear las arcas del Estado de forma continuada durante cuatro años, para extorsionar a empresarios con el objetivo de obtener comisiones a cambio de obras públicas y contratos con el Estado, para traficar con información confidencial o reservada con la pretensión de situar a terceros afines en posición de privilegio en las privatizaciones de empresas públicas, así como formar un entramado de ocultación del dinero obtenido en paraísos fiscales.

ESCUPIR EN EL CAFÉ

Mario trabajaba en la cafetería del salón VIP del aeropuerto desde hacía diez años. Había puesto cafés a miles de personas. Por ella pasaban los personajes más importantes del mundo, desde cantantes hasta políticos.

Era lugar de paso obligado para quienes trataban de relajarse unos minutos antes de embarcar o el sitio ideal para que el ejecutivo siempre atareado encontrara la tranquilidad necesaria para abrir el portátil y darle los últimos toques a ese informe que debía presentar nada más aterrizar en la ciudad de destino.

VENGO A POR TI

—Vengo a por ti, cariño —me dijo con ese sensual acento caribeño que siempre me ha cautivado.

Me giré y la vi allí: una morena de apetitosos labios rojos y cuerpo sinuoso, recortada contra el fondo malva del club. Dejé a un lado mi tercera copa. Siempre tomo una por cada víctima. En el fondo soy un sentimental y me gusta brindar porque su tránsito haya sido feliz.

ADOLESCENCIA

Hacía muchos años que no pasaba por allí. Lustros, quizá. Pero el otro día mis pies se encaminaron solos, como si algo que yo ignoro los impulsara. Los dejé hacer, a ver qué pretendían.

JUSTICIA POPULAR

Solo se decidió al verlo tan desafiante por televisión.

Tan ufano, tan crecido, tan prepotente. Riéndose de todos.
Ni siquiera cuando el Consejo de Ministros dijo que no habría compensaciones. Tampoco el día que procesaron al juez que lo había encarcelado para que no destruyera pruebas.

RUIDO

Me incorporé mareado e iracundo. El camión de la basura bramaba como un avión en cabecera de pista. ¿No decía el Ayuntamiento que habían comprado vehículos silenciosos?

No podía soportar más el ruido que me impedía dormir a todas horas, ya fuera por la noche o por el día. Cuando me acostaba de madrugada eran las chicharras para ciegos de los semáforos del cruce de abajo las que me hacían perder los nervios. En esa semana había llamado al Ayuntamiento no menos de diez veces para quejarme: “Oiga, que el problemas de los ciegos no es la sordera sino la falta de visión”. Pero no había forma. Y con aquel calor tórrido de agosto, cerrar las ventanas no era la solución.
El caso es que llevaba casi dos semanas sin pegar ojo. O al menos esa sensación tenía.  Cuando no eran las chicharras de los semáforos o los camiones de la basura y de recogida de vidrios, eran la radial o la perforadora de las obras en la calle. O los niñatos en moto con escape libre, los borrachos que regresaban cantando a casa o los bakalas con la radio del coche a todo volumen.
No había forma: ni de madrugada, ni por la mañana ni por la tarde. Así estaba, que iba medio dormido a trabajar en el turno de noche. Con unas ojeras cada día más negras y abultadas.
Pasó el camión y me volví a tumbar, sudoroso, en el catre recalentado una y otra vez por mi propio cuerpo.

EN CALIENTE

El africano saltó la verja y, pese a estar herido por las concertinas, esquivó a los agentes que trataban de detenerlo a zancadillas.

Se abrazó a los cooperantes que lo recibieron alborozados y se dejó caer consciente de que acababa de cumplir el sueño largamente aplazado en frías esperas y noches de miedo.

20 de noviembre de 2017

CINCO PUÑALADAS Y UN DISPARO




¡Zas!

¡Zas!

¡Zas!

¡Zas!

¡Bang!

¡Zas!

Expiró aferrado al policía, pensando en sus hijas.

No pudo soportar que lo multara por rebuscar en la basura.

DE TAL PALO, TAL ASTILLA


La abuela yace muerta en su sofá con la cabeza reventada.
El inspector, después de examinarla superficialmente, se acerca al niño que permanece sentado al otro extremo del salón.
—Pablito, ¿por qué lo has hecho?
El niño, de unos diez años, se encoge de hombros. Está asustado y desconcertado.
—¿Has sido tú, verdad? —insiste el agente, dispuesto a afrontar el caso de otra forma. Nunca ha tenido que interrogar a un infante.
Pablito mira a su madre, a su lado, anegada en un mar de lágrimas pero tensa y expectante porque tampoco entiende cómo su hijo ha sido capaz de aplastar el cráneo a la abuela.
Finalmente, asiente.
—Era tu abuela. ¿No la querías?
Pablito hace de nuevo un gesto afirmativo con la cabeza, sin levantar los ojos del suelo.
El inspector se toma el interrogatorio con calma. No solo es un niño, sino el hijo de un compañero de la Unidad de Intervención. El padre ha sufrido un desfallecimiento al ver a su madre con el cráneo hundido como un huevo y ha sido llevado al hospital. El pequeño la mató mientras veía la televisión.
La madre dice que abuela y nieto estaban viendo una película de policías, concretamente de Clint Eastwood. Harry el Sucio se atreve a aventurar la desconsolada madre de Pablito.
—¿Por qué la golpeaste con el bate de beisbol de papá? —insiste el inspector.
El niño mira a su madre, que le insta a responder.
Por fin, con voz temblorosa, Pablito explica por qué lo hizo.
—Yo solo seguí el ejemplo de papá —se lo cuenta a su madre porque no se atreve a mirar al funcionario—. El otro día le preguntaste a papá por qué había golpeado con la porra a aquella mujer en una manifestación y dijo que era una vieja asquerosa que lo había insultado y que a la Policía no se la puede insultar…
—¿Y qué tiene que ver eso con lo que has hecho? —inquiere la madre con angustia.
—La abuela insultó al policía de la película. Dijo que era un cerdo asesino —a Pablito se le saltan las lágrimas—. Solo hice lo que me enseñó papá: aporrear a las viejas que insultan a la policía.

POBREZA INFANTIL


-Buenas, ¿es aquí donde le van a dar un bocata de mortadela a mi hijo?
-Sí, señora, pase al fondo deprisa que me hace cola.
-Pero, oiga, es que eso parece un vagón de tren…
-Y lo es. ¿Algún problema?
-Verá usted, no es que me ponga pejiguera pero es que a mi hijo se le revuelve el estómago cuando come en movimiento. Más en un vagón de ganado.
-No se preocupe que hasta que los niños no se terminen el bocata el tren no se pondrá en marcha.
-¡Ah, vale! ¿Y cuándo dice que regresa?
-Eso ya dependerá del niño.
-No le entiendo.
-¡Pues bien claro que está, señora! No los enviamos al extranjero para que regresen mañana. Cuando el chico sea mayor ya decidirá si quiere volver o no. Eso ya es cosa suya.
-¡Pero si solo tiene diez añitos!
-¡Anda la órdiga, ¿y los demás cree que vienen con la mili hecha? Venga señora, que me está haciendo fila, ¿deja al niño o no?
-¡Pobrecito, por un bocata!
-Por un bocata no, por las estadísticas.
-No se de qué habla.
-No importa. ¿Lo deja o no?
-¡Jesús, qué drama! para eso lo sigo enviando al cura.
-Usted verá, señora, pero ya sabe que nosotros no pedimos nada a cambio del bocata.
-Eso sí.
-Bueno, ¿lo deja o no?
-Sí, mejor será que se vaya…¡Ve con este señor, Pedrito, y pórtate bien, que no digan que enredas!
-Gracias, señora ya se puede marchar. ¡Cristóbal, tengo otro pobre para rebajar las estadísticas, díselo a Mariano! A ver, ¡siguiente!

UN ARTÍCULO SOBRE TURISMO PARA LA REVISTA SAVIA


Este es el artículo que he publicado en la revista SAVIA del mes de mayo sobre turismo. Se lo dediqué a Francia. Espero que os guste.




REPÚBLICA DE AGUA, PIEDRA Y MEMORIALES


Viajar es evocar. ¿Quién estuvo antes aquí? ¿Qué hizo? ¿Por qué? ¿Qué vio? ¿Qué soñó? ¿Qué nos legó?
Ya no existen lugares vírgenes que podamos hollar los primeros, de hecho no existieron nunca, decirlo fue una boutade producto de la arrogancia del hombre blanco y después un afortunado eslogan turístico.
Cuando visito algún lugar trato de evocarlo en otro tiempo, con otras gentes, compenetrarme en lo posible con aquellos que me precedieron y que fueron tan importantes como para decidirme a seguir sus huellas.
Para evocar preciso empaparme del presente, de lo tangible que tengo delante y combinarlo con mis ensoñaciones. Luego, disfrutar tanto del viaje como del destino, del ir como del llegar. Por eso detesto el avión, que me priva de la mitad del gozo. En coche y en buena compañía dedico mis vacaciones desde hace varios años a recorrer Francia, a patear sus caminos, a fundirme con su historia y a sumergirme entre sus gentes apacibles.
Francia es una república tricolor de agua, piedra y memoriales. Agua de ríos nervudos que le dieron esplendor y de costas infinitas; piedra de castillos y palacios, de acantilados y abadías; memoriales de victorias y derrotas, a veces de vergüenzas y arrepentimientos, de hombres ilustres, de tiranos y poetas.
Marsella es Alejandro Dumas, el castillo de If sometido al embate de las olas y un falso conde melancólico y vengativo; Burdeos y Toulouse, dos perlas enhebradas por el turbio Garona, hilo de Eurico para tejer sus efímeros sueños de renacer imperial; París añora a Víctor Hugo, a Cuasimodo y los verdes ojos de Esmeralda reflejados en el Sena como polvo licuado de estrellas; Saint Malo es Chateaubriand recostado inerte en su túmulo frío del Grand Bé aguardando el retorno de los piratas que renombraron las Malvinas; Lyon se proyecta sobre un Ródano pesado y oscuro con la linterna mágica de los Lumiere; Nantes es la joya negrera prendida en la solapa de Julio Verne, que bebe muscadet con Nemo y Phileas Fogg, viajeros impenitentes varados para siempre en la Isla de las Máquinas Autómatas.
Agua y piedra son también las espumas y la brea de la Costa Azul, la adusta Normandía del día D o la Bretaña rebelde, ese otro Finisterre vigilado por los colosales escuadrones pétreos de Carnac, que rivalizan con el tiempo. Es fácil evocar a Prosper Mérimée caminando entre los megalitos que protegió de la incuria mientras tararea las notas que Bizet compuso para su apasionada Carmen.
Me digo que el triunfo de Francia se apoyó siempre en el agua de sus ríos señoriales cuajados de castillos, en sus costas neblinosas resonantes de guijarros acechadas por fantasmales naves libúrnicas. Quizá por eso Verne, en su novela maldita, la más romántica, la más atrevida, París en el siglo XX, imaginó la capital como el puerto más grande de Europa abierto al mar por una grandiosa obra de ingeniería que convertía al Sena en una especie de canal de Panamá.
La naturaleza de Francia es líquida, verde, fértil, elástica y fibrosa, de fisiología dúctil pero resistente. De tanto en tanto, la Historia la obliga a diluirse y entonces se vaporiza tras un burbujeo efervescente para licuarse poco después, transformada en otra, pero siempre la misma. Pétrea y acuática, en un eterno vaivén entre climaterio y renacimiento.

VÉRTIGO

Siempre le ocurría lo mismo. Cuando se disponía a culminar un trabajo, aquel maldito vértigo le subía desde las tripas hasta la cabeza como si fuera un incómodo observador de su indudable pericia.
Lo había hecho una treintena de veces pero, indefectiblemente, por mucha experiencia que tuviera, aquella sensación tan desagradable como inoportuna aparecía para perturbarlo.
Naturalmente, no se lo había comentado a nadie y mucho menos a sus compañeros. Solo el psiquiatra que tenían a sueldo le había dado algunas pautas de comportamiento para ignorarlo. De momento, gracias a la terapia había conseguido reducir al mínimo la transpiración que acompañaba aquellos vahídos.
Resuelto a ignorarlo como el que da la espalda a un molesto mirón, empuñó la afilada cuchilla y tajó el cuello con la decisión del maestro. La sangre lo salpicó todo mientras un casi imperceptible suspiro de la víctima fue el anuncio de un trabajo bien acabado. Entonces sintió la esperada erección que llegaba tras el vértigo.

SUEÑO


Me incorporé mareado e iracundo. El camión de la basura bramaba como un avión en cabecera de pista. ¿No decía el Ayuntamiento que habían comprado vehículos silenciosos?
No podía soportar más el ruido que me impedía dormir a todas horas, ya fuera por la noche o por el día. Cuando me acostaba de madrugada eran las chicharras para ciegos de los semáforos del cruce de abajo las que me hacían perder los nervios. En esa semana había llamado al Ayuntamiento no menos de diez veces para quejarme: “Oiga, que el problemas de los ciegos no es la sordera sino la falta de visión”. Pero no había forma. Y con aquel calor tórrido de agosto, cerrar las ventanas no era la solución.
El caso es que llevaba casi dos semanas sin pegar ojo. O al menos esa sensación tenía. Cuando no eran las chicharras de los semáforos o los camiones de la basura y de recogida de vidrios, eran la radial o la perforadora de las obras en la calle. O los niñatos en moto con escape libre, los borrachos que regresaban cantando a casa o los bakalas con la radio del coche a todo volumen.
No había forma: ni de madrugada, ni por la mañana ni por la tarde. Así estaba, que iba medio dormido a trabajar en el turno de noche. Con unas ojeras cada día más negras y abultadas.
Pasó el camión y me volví a tumbar, sudoroso, en el catre recalentado una y otra vez por mi propio cuerpo.
Me despertó sobresaltado por un zumbido in crescendo. Sí, me desperté porque me había quedado transpuesto, que era a lo más que llegaba en esos días. A trasponerme. El ruido monocorde venía acompañado de voces y risas. Me asomé a la ventana y observé cómo se acercaba un camión cisterna que baldeaba la calle. Avanzaba lentísimo y uno de los operarios iba a pie manejando una manguera de agua a presión con la que limpiaba la calle mientras charlaba a gritos con el conductor.
Asomé la cabeza y les recriminé a gritos el enorme ruido que hacían, pero ellos apenas me dedicaron una mirada curiosa. Estaban acostumbrados a las quejas de los vecinos.
De pronto se oyó una detonación y el tipo de la manguera se derrumbó muerto sobre el asfalto mientras la goma culebreaba suelta arrojando agua sin control. El conductor se bajó corriendo para atender a su compañero. No entendía lo que había sucedido. Ni yo tampoco. Me miró como si yo fuera el culpable, pero me encogí de hombros para darle a entender que yo no había sido, aunque supongo que no percibiría mi gesto, estaba demasiado alto, un quinto piso.
Escuché otro disparo y el conductor cayó muerto sobre su compañero. Después dos o tres tiros más reventaron el motor del camión, que quedó en silencio después de soltar varios resoplidos de vapor.
Al fin lo vi. En una ventana de enfrente, en el tercero, un tipo me levantó el pulgar mientras sostenía un rifle de precisión.
La calle había quedado en completo silencio por lo que aproveché para acostarme de nuevo. Al rato escuché el ulular de sirenas que se acercaban. Pero yo ya no tenía sueño. Fui a por la escopeta del abuelo que guardaba en lo alto del armario y me aposté en la ventana.

LA CARA QUE SE TE QUEDA


Logré zafarme de la vigilancia de los guardianes y escapar por las cocinas aprovechando la salida de la furgoneta de suministros. Punzón carcelario en mano, emprendí el camino de regreso a la ciudad.
Con un poco de suerte no descubrirían mi fuga hasta el recuento de la mañana siguiente. En tal caso tendría tiempo de sobra.
Me dirigí directo a la que había sido mi casa. El deseo de venganza me hacía avanzar más deprisa ignorando el cansancio y la brega campo a través.
El año y medio en la trena no me habían hecho olvidar las últimas palabras que ella me dirigió cuando la policía me llevaba esposado: «Qué cara de tonto se te ha quedado, pringao». Esa frase me quemaba más en el alma que la trampa que me tendieron con ese medio kilo de coca que me metieron en el coche.
Se había librado de mí limpiamente y ahora estaría refocilándose en mi cama, en mi casa con su amante cómplice.
No había amanecido aún cuando llegué ante la puerta. Si hay algo que se aprende en el trullo es a manejar la ganzúa, aunque yo no era un novato cuando ingresé. Por el camino me hice con varios alambres que me iban a venir muy bien para forzar limpiamente la cerradura.
Una vez dentro de la casa, que conocía muy bien, me moví con sigilo hasta llegar al dormitorio. Allí estaban los dos, acostados y respirando regularmente como sendos bebes ignorantes de lo que se les avecinaba.
Esperé un par de minutos a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Luego distinguí el cuerpo más abultado a este lado de la cama. Era él, un tipo grande y musculoso, mucho más fuerte que yo. Ella dormía vuelta de cara a la ventana.
Debía actuar rápido. Primero dos o tres puñaladas certeras para matarlo a él y después, con calma, me ensañaría con ella. Cuchilladas en puntos no vitales para que sufriera y fuera consciente de quién le quitaba la vida.
Salté como un gato y acuchillé el cuello de él dos, tres, cuatro veces. Hizo un intento por resistirse pero no pudo. El punzón le había seccionado la yugular y murió casi al instante.
Me lancé sobre ella y la apuñalé del pecho hacia abajo una docena de veces, con los ojos cerrados, con rabia homicida. Se incorporó ligeramente boqueando en la oscuridad pero incapaz de lanzar un gemido. Cuando me harté de reventarle las tripas la apuñalé en el corazón medio centenar de veces más hasta que caí rendido sobre ella, empapándome de su sangre traidora.
Cuando recobré el resuello me levanté despacio y di la luz de la lamparita. Quería ver la cara que se le había quedado al sentir que la muerte se la llevaba.
La luz inundó la estancia y pude comprobarlo. ¡Joder, no eran ellos!

MONSANTO

2015: Los agricultores solo pueden utilizar semillas modificadas genéticamente, que son estériles, lo que obliga a comprarlas cada año a la multinacional Monsanto para poder sembrar.
2115: Los hombres son estériles por lo que para poder procrear con sus parejas deben comprar semen en el banco de esperma de la multinacional Monsanto.
—Hola, vengo a comprar una dosis de semen para poder inseminar a mi señora.
—Encantado de servirle, caballero. ¿Cuál es su empleo?
—Picapedrero.
—Entonces le facilitaré semen de Quinta categoría…
—¿No podría ser de Primera?
—Lo siento, señor, pero si usted es picapedrero, el semen que le corresponde es de una categoría muy inferior; concretamente, Quinta.
—¿Y cuál es la diferencia?
—¡Por favor, qué pregunta! El semen de Primera engendra niños sanos, inteligentes, despiertos… Aptos para las clases dirigentes.
—¿Y el de Quinta?
—Da bebés algo lerdos, abotargados y con escasa capacidad mental. Eso sí, fuertes como robles si salen sanos…
—¿Cómo que si salen sanos? ¿Qué quiere decir con eso?
—Con el semen de Quinta hay un 23% de posibilidades de que los niños salgan con taras físicas y mentales, además de las limitaciones que ya le he mencionado.
—Entiendo. ¿Y no podría venderme semen de Cuarta? Es por aquello de aspirar a mejorar en la escala social, ya sabe.
—Imposible. Eso, como usted debería saber ya, solo es posible si lo autoriza Monsanto. Le recomiendo que participe en los sorteos semanales. Se reparten diez lotes de semen de una categoría superior a la que le corresponda. ¿Quiere unos boletos?
—Bueno, deme uno.
—Muy bien, tome. Son 70.000 euros.
—Algo subiditos de precio, ¿no? Es el presupuesto que tenía para comprar semen.
—Ya, pero si se lleva el semen de Quinta y luego gana el premio del semen de Cuarta, habrá tirado el dinero, ¿no le parece?
—Visto así, es cierto.
—Entonces le pongo un boleto y una dosis de semen, ¿es así?
—Ehhh… sí.
—¿Me permite un consejo?
—Naturalmente.
—Llévese dos dosis de semen porque a veces con una no basta. La preñez no está garantizada al cien por cien, esto no es como llegar y besar el santo, jejeje, qué chiste, lo tenemos en el manual. ¿Lo comprende?
—No, me he perdido.
—Somos Monsanto, besar el santo… ¿Lo coge ahora?
—Creo que sí.
—Bien, entonces son dos dosis de semen de Quinta y dos boletos para el sorteo de una dosis de Cuarta.
—Sí.
—Aquí tiene, son 350.000 euros del ala.
—Ehhh, perdone, ¿no serán 280.000? 70.000 por cuatro creo que da esa cantidad…
—Sí, señor. Pero en este rato que llevamos hablando ha subido.
—Ah, entiendo. Bueno envuélvamelo para regalo. Es para mi esposa.
—Claro, ya supongo. Para las queridas no vendemos. Por favor, necesito su Libro de Familia, la cartilla de racionamiento de Monsanto y la cédula de Quinta categoría de esclavo picapedrero de Monsanto.

UN CUENTO DE LOBOS Y CORDEROS


(del 14 de julio de 2015)

Los lobos se tomaron su tiempo antes de convencer a los corderos de que no eran corderos y, por tanto, nada tenían que temer. Es más, fueron tan convincentes que convencieron a los incautos de que eran lobos como ellos y que podían formar parte de la manada.

Pero la paciencia y la habilidad para el engaño de los lobos no fueron suficientes para hacer que los corderos se creyeran lobos. Hizo falta algo más: el deseo de los corderos de ser lobos.
Después, los lobos fueron devorando a los corderos poco a poco, casi como por accidente. ¿Por qué un lobo se come a otro lobo? Azares del destino. Pero el caso es que los lobos seguían siendo lobos y los corderos, corderos.
Esto ha sucedido en el mundo en los últimos setenta años. Los adinerados, los poderosos han convencido a los proletarios ingenuos de que no son pobres, que no son humildes trabajadores, carne de cañón. Les han hecho creer que son clase media, clase media alta, gente de posición, con posibles, que pueden codearse con ellos e incluso aspirar a compartir los mismos salones.
Nada más patético que un trabajador humilde que se cree que puede entrar en el club de los poderosos. Qué gran trabajo el de las revistas y la televisión con esos reportajes en los que el pobre puede ver a los ricos en sus fiestas, en sus bautizos mostrando la mansión y las telas de sus cortinajes. Incluso inventaron la sociedad de consumo y los pagos a plazos para que los incautos corderos se endeudaran hasta las cejas. Así luego no protestan cuando van al matadero.
En esa estamos ahora, creyendo que somos lobos y que lo de Grecia no ha sido más que un accidente de una oveja descarriada… perdón, de un lobezno rebelde al que había que devolver al… a la madriguera.
¿No os habéis fijado en el diente afilado de la jefa de la manada, esa matriarca de estricta educación luterana que rige los destinos de la UE como si fuera una mercería? Pues más vale que os vayáis dando cuenta de que no busca una unión de iguales, sino un corralito de víctimas engreídas por el engaño a las que ir sangrando poco a poco o de golpe, según el hambre atrasada que tenga.
Es el enemigo del norte, ese que después de varios intentos fallidos durante el siglo pasado va afinando sus métodos de bestia carnívora. Ahora ya con el beneplácito de esos otros lobos apátridas que solo se guían por la cantidad de litros de sangre que pueden engullir.
Al rebaño solo le queda una alternativa para no perecer devorado: recordar que son simples ovejas y que hay que apretarse las unas contra las otras para aguantar el chaparrón.




19 de noviembre de 2017

NUEVA ORLEANS, 10 AÑOS DESPUÉS DEL KATRINA

Ha pasado una década y la ciudad se ha puesto en pie y ha recuperado el pulso que quedó interrumpido de pronto por el huracán más devastador que se recuerda.

Nueva Orleans es una ciudad nueva y al mismo tiempo la misma que desde su fundación ha luchado denodadamente contra el agua, el viento, el clima y su propio paisaje.
Las cicatrices quedan y se pueden ver fácilmente en muchos puntos de la ciudad, en unos barrios más que en otros, pero la catástrofe la ha robustecido, aun a costa de mil quinientas muertes y millones de dólares en pérdidas.
He tenido ocasión de visitar Nueva Orleans este mes de agosto, durante una semana, y he podido comprobar el trauma causado por el Katrina, pero también que, diez años después, es de nuevo una ciudad muy próspera impulsada por sus dos grandes industrias principales: los astilleros del río Misisipi y el turismo. Por ese orden. Dispone de uno de los puertos más grandes de Estados Unidos y los muelles más extensos del mundo, con ochenta kilómetros, la mayoría de ellos en el río Misisipi, el que le da la vida y también la quita de vez en cuando.
Tuve la suerte de contar con un guía excepcional, Juan, un salvadoreño de 71 años que lleva veinte en la ciudad. Es un ingeniero agrícola que tenía una situación próspera en su país, en la industria azucarera, hasta que se arruinó y se marchó a Estados Unidos con lo puesto, como él dice. Hoy trabaja en una empresa de turismo, atendiendo a los hispanos que visitamos la ciudad, aunque Juan dice que esto para él es un placer y no un trabajo.
A bordo de su furgoneta, Juan me enseñó el mapa del desastre y me explicó, con sus grandes conocimientos de la materia, cómo se produjo en desastre del Katrina. Cuenta que la ciudad no se anegó por el desbordamiento del río, ni por la lluvia ni la tormenta del Katrina, sino por la rotura de los canales que extraen el agua del subsuelo. Nueva Orleans está construida sobre el descomunal delta del Misisipi, un terreno pantanoso en el que al agua aflora por capilaridad. Para evitar las inundaciones constantes por la elevación continua del nivel freático, se instalaron enormes bombas que sacan el agua del subsuelo y la conducen a grandes canales, algunos de los cuales discurren por encima del nivel del suelo. Los canales desaguan en el lago Pontchartrian y de este, al mar.
Lo que sucedió con el Katrina es que se rompieron esos canales en algunos puntos, vertiendo millones de litros de agua a las calles, lo que inundó el ochenta por ciento de la ciudad. Según Juan, de no haberse roto los muros de los canales, el Katrina habría pasado como un huracán más, con los daños habituales por el viento huracanado.
Las autoridades habían avisado de que se evacuara la ciudad pero no todos hicieron caso. “¿Cómo dicen ustedes en España eso de que viene el lobo?”, pregunta Juan. Lo habían anunciado tantas veces sin que pasara nada que en esta ocasión la pagaron caro quien ignoraron los avisos.
Juan se fue el domingo con su familia y el huracán golpeó el lunes. Pasó dos meses fuera de casa siguiendo las noticias desde un hotel en Houston.  Lo primero que sorprende en el relato de Juan es la falta de un programa de evacuación de la gente. Él asegura que se evacuaron hospitales, asilos y centros similares, pero no a la gente corriente. “En este país hay que tener carro o no eres nada. Sin carro no puedes tener ni trabajo, a no ser que lo tengas junto a la casa”.
En resumidas cuentas, que quien tenía coche se fue y quien no lo tenía (Juan dice que todos tienen aquí), se quedó.
Otra pregunta que surge es ¿de qué vivió Juan dos meses en un hotel de Houston, sin poder trabajar? Cuenta, sin embargo, que a los pocos días recibió un cheque del Gobierno Federal de 4.800 dólares y poco después, otro por la misma cantidad. Y el día que fue a pagar el hotel le dijeron que ya estaba abonado por el Gobierno. Estos cheques, a fondo perdido, le llegaron porque, siguiendo las recomendaciones del Gobierno, se inscribió en una especie de registro de personas afectadas. Solo tuvo que dar su nombre y el hotel en el que se encontraba.
Fue la Agencia Federal para la Gestión de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés) la que adelantó este dinero sin reparar en gastos, quizá porque la Administración de George W. Bush tenía remordimientos de conciencia por la lentitud con la que actuó.
Cuenta Juan que cuando la gente se enteró de que “regalaban” dinero, muchos se apuntaron a ese registro, incluso desde fuera de Nueva Orleans. A todos les enviaron un cheque ya que la urgencia no permitía comprobaciones, pero hoy día todos aquellos que cobraron de forma fraudulenta están encausados en procesos penales. El Gobierno trabajó lento pero seguro, sobre todo a la hora de verificar a quién fueron a parar los fondos.
El agua dejó aisladas a muchas personas durante varios días, sin agua, ni luz, ni alimentos. Fue esta gente la que asaltó los supermercados, pero, en su opinión, no fue (salvo excepciones) con ánimo de saqueo sino para sobrevivir.
Hoy, diez años después, la ciudad tiene un pulso impresionante, en la que los negocios, la industria y el arte vuelven a vibrar como en cualquiera de las grandes ciudades norteamericanas. Nueva Orleans es un centro de convenciones de gran importancia; tiene muchos museos, dos de ellos de primer nivel, el dedicado a la Segunda Guerra Mundial (en estos astilleros se construyeron la mayoría de las lanchas de desembarco del día D) y el de Arte (NOMA); las galerías de arte abarrotan la Royal street; los barcos de ruedas que describió Mark Twain navegan por el río repletos de turistas que cenan entretenidos por bandas de jazz; en los bayou (ríos entre los pantanos: swamp) se exhiben la fauna de los pantanos: con los aligátor (gators, para los de la casa), garzas, serpientes, nutrias, tortugas…
Pero el espectáculo mayor está en las calles, con la proliferación de bandas, músicos ambulantes, intérpretes de esquina y todo tipo de artistas musicales que  abarrotan la ciudad, en especial en los barrios francés (French Quarter) y el colindante de Faubourg Marigny, también conocido por el nombre de su calle principal, la Frenchmen street. Nueva Orleans es la cuna del jazz y de Louis Armstrong, nombre que lleva su aeropuerto internacional.
La Frenchmen st. y la Bourbon st. son las calles emblemáticas de la música de la ciudad. La segunda, en pleno barrio francés, más frecuentada por los turistas, es un escaparate de clubes con música en directo, bares, pizzerías y locales para adultos que cada noche se conjuran en perfecta armonía para acoger a todo el mundo. Es fácil ver borrachos tirados en el suelo o gente brindando en los balcony (herencia española) de los garitos. Pero siempre con respeto absoluto al prójimo.
Tras el Katrina, Nueva Orleans se convirtió  en una ciudad violenta, con un incremento brutal de los índices de criminalidad, pero hoy día, diez años después, es una urbe tranquila y también muy vigilada. Dice Juan que el turismo es la segunda industria de NOLA (así la llaman ellos) y las autoridades se preocupan mucho para que no haya delincuencia. También se dice que es peligroso aventurarse solo en los famosos cementerios, incluso Juan me dijo que solo se podían visitar el grupo organizado. Pero yo estuve un domingo por la mañana en el de Lafayette y no había el menor peligro.
Es cierto que hay muchos homeless (sin techo) que deambulan por las calles, piden limosna o cantan y tocan algún instrumento. Esto es debido, según mi guía, a que muchos de los obreros que acudieron para la reconstrucción, cuando acabaron las obras se quedaron aquí, sin oficio ni beneficio, enganchados a la vida hedonista que supura por cada poro de la ciudad. No en vano también la llaman Big Easy, por su supuesta vida fácil.
Nueva Orleans es una ciudad de fuertes contrastes, donde conviven un barrio francés de diseño dieciochesco, con edificios de dos plantas y balcones de rejas de origen español, un centro financiero con rascacielos y un District Garden de cuento de hadas, con mansiones coloniales semejantes a las que vimos en Lo que el viento se llevo. De hecho, aunque la famosa película transcurría en Atlanta, en Nueva Orleans han construido una réplica exacta de la casa de Tara, la plantación del filme.
Y todo esto en agosto, en temporada baja, porque el momento cumbre de la Ciudad del Vudú es el Mardi Gras, el martes de carnaval, cuando NOLA se pone realmente del revés.

LOS GUETOS UNIDOS DE SAN FRANCISCO

Decía un profesor mío de la facultad de Periodismo que Estados Unidos podría muy bien llamarse los Guetos Unidos debido a la diversidad de grupos raciales y nacionalidades que conviven allí, perfectamente agrupados por barrios y en gran armonía.

San Francisco es el paradigma de esta concepción de país formado por aluviones de inmigración perfectamente ordenada, colocada en la geografía de la ciudad como contenedores en un barco mercante.
Los barrios chino, japonés,  italiano, hispano, el gay, el hippie… allí todo el mundo tiene su espacio perfectamente delimitado. Bueno, como sucede en otras ciudades norteamericanas, uno de los contenedores, el de Chinatown, siempre está abierto para que sus miembros invadan lentamente las calles fronterizas, en este caso las del italiano, que mengua en San Francisco igual que en Nueva York devorados por el empuje amarillo.
Pero san Francisco es mucho más que una acumulación de nacionalidades bien avenidas. Es un una gran ciudad pujante, con una enorme actividad cultural y económica, mimada por el turismo y con un clima envidiable, con temperaturas sin grandes extremos. Tiene toques hípster y un puntito de europea, consciente de su peculiaridad dentro de la gran amalgama que son los Estados Unidos. Y muy cara, aunque merece la pena hacer el esfuerzo por conocerla.
Es una ciudad fácil, pese a su enorme tamaño, con buenos servicios públicos, extraordinaria gastronomía y muy andariega aunque con fatigosas cuestas.
Pero también es la ciudad de los mendigos. Es fácil verlos deambular por la calle, sin meterse con nadie, con el gesto perdido, ausentes, y a veces, pidiendo. Alguien me dio una explicación que no acabo de creerme sobre la proliferación de gente sin hogar en esta ciudad. Al parecer, la mayoría son toxicómanos a los que el  Ayuntamiento les paga quinientos dólares mensuales, cifra que cubre sobradamente sus necesidades vitales, lo que, unido a su clima benigno, provoca un efecto llamada. A cambio de la remuneración, han de someterse a un tratamiento de desintoxicación que los deja como zombis. Ese tratamiento cada vez es más fuerte hasta que acaba con ellos. De ser cierto, sobre lo que tengo muchas dudas, el método sería digno de la Alemania nazi.
Pero de lo que no cabe duda es de que pese a la gran masa de gente sin hogar que habita en los barrios centrales de San Francisco, no se ven altercados, ni asaltos, ni riñas. El turista puede sentirse seguro pese a que siempre rondan las entradas de los hoteles y puede vérselos agrupados tirados por el suelo en la céntrica Market street, los jardines del ayuntamiento o en el borde este del Golden Gate Park, justo en el inicio del barrio hippy, frente al comienzo de Haight st. No suelen molestar a nadie porque bastante deben tener con sus ensoñaciones, pero el miedo es libre y siempre hay gente de bien asustadiza que siente como una amenaza su sola cercanía.
La minoría más numerosa es la china. Tanto es así que el alcalde, Ed Lee, pertenece a esta comunidad. Chinatown es uno de los barrios más visitados, no solo por los turistas, sino por los propios sanfranciscanos de origen chino que viven fuera del gueto. Los sábados por la mañana, los autobuses que circulan por la avenidas Grant y Stockton, los ejes viarios que vertebran Chinatown, van llenos de gente de raza oriental que acude al gueto con el carro de la compra. Si este barrio es populoso de por sí, el sábado por la mañana está atestado, aunque merece la pena pasearlo con calma y disfrutar observando la enorme actividad comercial que tiene. La calle Grant es la más típica, la más turística, con predominancia de tiendas de regalos, electrónica y demás artículos para los turistas. Stockton es más auténtica, con mercados y tiendas de alimentación de todo tipo, en muchas de las cuales, la sola contemplación de los productos que exhiben en los estantes es fácil que revuelva más de un estómago europeo.
Llama la atención en el barrio chino la proliferación de templos de iglesias cristianas, de esas sectas de larguísimos nombres que se extienden por la geografía norteamericana al albur del luteranismo dominante. Naturalmente, estos edificios, encastrados entre restaurantes y tienda de regalos, tienen un diseño oriental que choca al visitante occidental, que tiene otra idea más clásica de lo que es una iglesia cristiana.
Chinatown crece hacia el norte lentamente, comiéndole espacio a Little Italy, el barrio italiano, que, como si temiera la invasión amarilla, marca su territorio con banderas tricolores pintadas en las farolas. Washington Square es territorio italiano. Allí está la catedral de San Pedro y San Pablo, el templo católico por excelencia, donde Marilyn Monroe y Joe DiMaggio se hicieron las fotos después de casarse en el Ayuntamiento de la ciudad. Ambos habían estado casados previamente por la Iglesia por lo que debieron conformarse con una boda ante un juez y las fotos en la puerta de la catedral.
Pero este es también el lugar favorito de los chinos, omnipresentes chinos, para practicar tai-chi. A todas horas puede vérselos, organizados en escuadrones uniformados con chándal, practicando su ejercicio favorito al ritmo de sones orientales salidos de un aparato de música que colocan en alguna de las esquinas de la plaza, ante la mirada indiferente de los homeless, que también abundan por aquí reivindicando su condición de paradójico gueto sin territorio en el que asentarse, expandidos por toda la ciudad, con predilección por las zonas verdes que les sirvan de acomodo para pasar la noche o sestear al sol.
En el barrio Hippie hay de todo. Desde auténticos restos vivientes de los años sesenta y setenta, que se mantienen cual dinosaurios fuera de tiempo, hasta los nuevos aspirantes que subsisten vendiendo todo tipo de artesanía, pasando por los hippies de pega, esos que se colocan los atuendos pertinentes para hacer la calle hasta el límite de Masonic Avenue, y luego regresar a sus casas como el que vuelve del trabajo.
El barrio gay, Castro, cada día más próspero y relevante, es uno de los mejor organizados. Se agrupa en torno a la calle Castro, con su histórico teatro del mismo nombre y la tienda de fotografía del activista por los derechos de los homosexuales Harvey Milk, hoy convertida en centro de actividades culturales. A la salida del Metro de Castro es posible encontrarse con una mesa informativa, en la que algunos voluntarios informan de las excelencias del barrio, los lugares visitables y los rincones más bellos. No perderse los curiosos pasos de cebra pintados con los colores arco iris de la bandera homosexual.
Casi colindante con este gueto del mundo gay está Mission District, el barrio hispano, uno de los más populosos y bullangueros de San Francisco, construido alrededor de la misión patrocinada por fray Junípero Serra (recientemente canonizado por el papa Francisco), conocida hoy como Misión Dolores y que se mantiene en pie desde su construcción, 1776, y que resistió incluso al terremoto de 1906. No obstante, la misión, llamada de San Francisco de Asís, fue fundada por dos franciscanos que llegaron en descubierta con el explorador español José Joaquín de Moraga, cuyo cuerpo reposa hoy en el lugar principal de la capilla.
En el barrio hispano, además de pasear por sus calles, de indudable sabor latino, no hay que perderse el Dolores Park, la misión que da nombre al lugar y los murales o grafitis del callejón Clarion, donde los artistas locales han dejado en las paredes constancia de su indudable arte con el spray.
El Japantown, más al norte, es un gueto más recogido y reconcentrado, más
propio del carácter japonés. Pequeño pero de indudable interés, hay que detenerse un rato en la Pagoda de la Paz, un regalo de Osaka, y a derecha e izquierda, centros comerciales muy particulares con muchos restaurantes donde tomar sushi a buen precio.
Pero los guetos no son más que una parte, y no la más grande, de San Francisco. Los barrios están enhebrados por otro conglomerado de lugares y monumentos que conforman un todo espectacular que convierten la ciudad en una de las más interesantes de visitar en Estados Unidos.
No olvidemos el archiconocido y siempre brumoso puente Golden Gate, que no es el más largo de la bahía, precisamente, y al que es tradición acudir en bicicleta alquilada; la impresionante Roca de Alcatraz, presidio en el que estuvo encerrado Al Capone y hoy convertido en un museo que es uno de los principales reclamos turístico; los muelles, con el famoso Pier 39,con su infinidad de restaurantes y sus plataformas flotantes para los leones marinos; el distrito financiero en el que destaca el rascacielos más alto de la ciudad, el Transamerican Pyramid, visible desde casi cualquier punto; las calles cuajadas de galerías de arte; los museos, como el De Young; el parque Golden Gate con su espectacular Jardín Botánico; las famosas colinas Twin Peaks, el punto más elevado de la ciudad desde donde es posible contemplar bellas panorámicas, o Lombard street, la famosa calle en cuesta haciendo zigzag en la que hasta los conductores de los coches que bajan van haciendo fotografías.
En suma, una ciudad para pasear y para descubrir, no para contarla. Y recuerda, si no subes en un tranvía (no es necesario que lo hagas en el carísimo -7$-  y turistico cable car) y no pruebas los crabcakes (en Scomas, sin duda alguna), no has estado en San Francisco.

DIEZ RAZONES PARA VISITAR NUEVA ORLEANS

Nueva Orleans es una de las ciudades más fascinantes del mundo y también de las más turísticas de Estados Unidos, pero resulta bastante desconocida para los españoles.


Estas son diez buenas razones para visitarla aunque no precisamente por el mismo orden:

1.- Por su música. Aquí nació el jazz y es la ciudad natal de Louis Armstrong aunque el famoso músico no está considerado el creador de este tipo de música. En Nueva Orleans, la música se vive en cada rincón de la ciudad a todas horas y está cuajada de locales con música en directo de todo tipo, como el Tipitina's, el Blue Nile o el Preservation Hall. La música está en el ADN de la ciudad.

2.- El Barrio Francés (French Quarter).- Es el núcleo central de la ciudad, donde nació en 1717, pero, aunque parezca un contrasentido, el barrio francés es español en realidad. Sus edificios y sus típicas balconadas son obra hispana ya que se construyeron en la época de dominio español, entre 1766 y 1804, después de que varios incendios destruyeran el barrio original, alzado básicamente en madera. También es de origen español la catedral, el presbiterio, el cabildo y otros edificios importantes.

3.- El Garden District. Rivaliza en belleza con el barrio francés.- Está formado por lujosas mansiones en su mayoría del siglo XIX, muchas de ellas anteriores a la Guerra de Secesión, de indudable sabor colonial.

4.- Una cena con orquesta de jazz en un barco de palas por el río Misisipi.- Navegar por el legendario río Misisipi en un barco impulsado por palas de aquellos que describió Mark Twain en sus novelas es una experiencia inolvidable. Si, además, se disfruta de una cena criolla amenizada con una orquesta de jazz o ragtime, las sensaciones alcanzarán la categoría de sublime.

5.- Sus cementerios.- La situación de Nueva Orleans, en el fangoso delta del Misisipi y en algunas zonas bajo el nivel del mar, hacía que en ocasiones el agua subiera y desenterrara los cadáveres, creando no solo un problema de salubridad, sino también un impacto psicológico y emocional muy fuerte en la población. Por ello, en tiempo de la colonia española se ordenó que las inhumaciones se hicieran sobre piedra, en nichos o criptas, nunca bajo tierra. Ello dio origen a cementerios muy particulares a los que el vudú y las prácticas mágicas llegadas de Haití a partir de 1804 les dieron un aire fantasmagórico que aún persiste. Los cementerios de San Luis y Lafayette son de visita obligada.

6.- Visitar los bayou y los pantanos para ver aligators.- El delta del Misisipi es una red de canales, ríos y pantanos de miles de kilómetros cuadrados que fue nido de piratas y ahora es el paraíso de una variada fauna, en especial de reptiles y aves. El rey es, sin duda, el aligator o caimán del Misisipi, atracción que no defrauda a los turistas que se embarcan para verlos en su medio natural.

7.- El Museo de la Segunda Guerra Mundial.- En los muelles del río Misisipi, los más extensos del mundo, se construyó el 93 por ciento de las 14.000 lanchas de desembarco que se usaron el 6 de junio de 1944 en el desembarco de Normandía, el famoso día D. Por eso el más grande museo de la Segunda Guerra Mundial se instaló aquí por decisión expresa del presidente Eisenhower.

8.- La gastronomía.- La cocina de Nueva Orleans es la más variada de los Estados Unidos al conjugar los platos de culturas tan importantes en este campo con la francesa, la española, la norteamericana y la caribeña. La cocina cajún y la criolla es de una exquisitez digna de los mejores paladares. Aquí está uno de los restaurantes más importantes del país: Commander’s Palace.

9.- El vudú y las historias de fantasmas.- El vudú llegó a Nueva Orleans procedente de Haití hacia 1804 con los exiliados de la revolución de los esclavos negros liderada por Jean Baptiste. La nueva religión arraigó entre la población de color de la ciudad y aún hoy, dos siglos después, sigue viva. Figura destacada es la denominada reina del vudú Marie Laveau, una mujer cuya tumba, en el cementerio de San Luis, es visitada todavía por sus adeptos. Quizá debido a esta afición de sus gentes por lo mágico y sobrenatural sean debidas también las historias de fantasmas que perviven en el imaginario popular, entre ellas algunas relacionadas con algún monje español.

10.- Su Carnaval. El Mardi Gras.- Por supuesto, el gran carnaval de Nueva Orleans y principal atracción turística de la ciudad. De hecho, la temporada alta aquí no es en verano, como en el resto de los Estados Unidos, sino en época de carnaval. Es un espectáculo sin igual asistir a los desfiles de las comparsas y el ambiente lúdico en el que se sumerge Nueva Orleans durante esta fiesta, la más esperada por sus gentes.
Todas estas razones y muchas otras se encuentran en mi guía de viaje Nueva Orleans. The Big Easy, que está en la librería de Amazon.



JAPÓN, LA OBSESIÓN POR EL TRABAJO, LA HIGIENE Y LA PRECISIÓN

Si a usted le invitan a una boda en Japón, no le extrañe que, en la mesa nupcial, en lugar preferente, por delante de la familia de los novios, esté el jefe de alguno de los contrayentes, preferiblemente de él. Y que a los postres tome la palabra para hacer una loa de su empleado más eficiente.

Porque el trabajo es lo más importante en la vida de los japoneses y la empresa, una gran familia a la que no se puede defraudar. De hecho, es habitual que la semana de vacaciones pagadas que tienen al año (sí, solo siete días) no se la tomen nunca por «el qué dirán» de los compañeros. Tampoco se negarán a ir de copas para emborracharse con el jefe al terminar la jornada laboral. No saben decir que no, y menos si se lo pide el jefe. Con la curda acuestas reemprenderán el regreso a casa, una o dos horas de metro o tren dios mediante. Si no les compensa regresar a dormir a su domicilio, pueden quedarse en alguno de los hoteles cápsula que por el módico precio de 50 € abundan en las grandes ciudades niponas. Los hoteles cápsula son una especie de nichos en los que se puede dormir cómodamente y de paso se tiene la sensación de que has sido almacenado como un robo obrero a la espera de que vuelva a abrir la fábrica.
El Gobierno procura que los 14 días festivos que tiene el país a lo largo del año caigan en viernes para que los sufridos salaryman puedan disfrutar de tres días seguidos de asueto.
Es probable que esos días libres que rehúsan tomarse por no ser mirado mal por los compañeros, sirvan para cubrir los días de baja cuando la enfermedad se presenta. La sanidad es privada, el seguro cuesta unos 300 € mensuales y cuando van al hospital han de pagar el 30% del costo y las medicinas.
Apenas tiene paro. Hay empleo para todos. La cifra del 3% de desempleo que figura en las estadísticas oficiales, dicen, no es real, porque una parte importante de esos trabajadores no están en paro sino en trámite de cambiar de empleo. Un joven que se incorpora por primera vez al mercado de trabajo en una empresa mediana cobra unos 1.800 € el primer mes y tiene muchas posibilidades de haber doblado esos emolumentos al cabo de diez años de trabajo. Aunque es cierto que también hay mucho trabajo temporal para estudiantes y jóvenes que solo quieren sacarse algo para sus gastos. Es habitual que las tiendas tengan en la puerta a jovencitas pregonando con voz aflautada las excelencias de sus productos, desde heladerías hasta tiendas de manga.
Con estos mimbres no es extraño que Japón se transformara en una gran potencia cuando se abrió al mundo a finales del XIX y que se recuperara de forma tan milagrosa tras la derrota de la Segunda Guerra Mundial hasta convertirse, hoy, en la tercera economía del planeta.
Las calles de las grandes ciudades, incluida la capital, Tokio, la urbe más poblada de la Tierra, están limpias como la patena a pesar de que no hay papeleras. Al contrario que en España, si no encuentran dónde depositar un papel o una botella, se la llevan a casa. Jamás tiran nada al suelo. «La basura, en casa», reza un dicho del país. Los residuos urbanos se recogen en días determinados, que son el momento en el que el ciudadano ha de sacar su bolsa de basura a la calle: los lunes los plásticos, los miércoles, la materia orgánica… Nada se desperdicia y después de el pertinente reciclado, los desechos sirven para construir (o ampliar) islas artificiales, como la moderna Odaiba, frente a Tokio.
El país funciona como un reloj gracias a sus modernas infraestructuras de transporte. El tren bala recorre el país de norte a sur a casi 300 kilómetros por hora y con una frecuencia de paso de tres minutos.  El metro y el tren metropolitano son de una eficiencia y puntualidad inigualable en Europa. Exigencias necesarias para mover una masa humana enorme que se concentra en las grandes ciudades, ya que el 70% del territorio es montañoso e inhabitado.
Destaca también el relativismo religioso fruto de sus creencias ancestrales, basadas en el sintoísmo, una especie de animismo con gran carga simbólica, que fue enriquecido después por el budismo que penetró desde China.
Hoy día, los japoneses, muy supersticiosos, apenas distinguen entre las dos religiones, cuyos ritos y liturgias se entremezclan y conviven de forma ejemplar. Aunque los templos budistas están separados de los santuarios sintoístas, es fácil encontrarlos muy cerca, pegados incluso. Un dicho asegura que los japoneses nacen sintoístas y mueren budistas (les gustan más estos ritos funerarios), aunque se casan como cristianos. En realidad, estas bodas son una pantomima ya que la mayoría de las veces (en un país con solo el 1% de población cristiana) el cura es un tipo disfrazado.
De modo, que ya lo sabe, en esa boda a la que asista, deberá agasajar al jefe de la pareja, pero no termine de fiarse del sacerdote.


CUANDO EL MUNDO NOS PREGUNTA: ¿QUÉ MÁS QUERÉIS?

Como dijo un afamado dramaturgo, “en el teatro cualquier cosa puede servir para cualquier cosa”.*

Eso es lo que sucede con La cocina, la obra de Arnold Wesker que el Centro Dramático Nacional pone en escena en el Teatro Valle-Inclán, en la que la cocina de un restaurante para un millar de comensales simboliza el mundo y sus miserias en una época crucial para la humanidad: la posguerra de los años cincuenta.
En esa cocina, que el autor ubica en Londres, trabajan cocineros, camareros, pinches, reposteros y demás oficios de la restauración, pertenecientes a varios países (Inglaterra, Irlanda, Francia, Alemania, Grecia, Chipre, Italia…) en una especie de trasunto del mundo y sus nacionalidades.
Aunque está ambientada en 1953, La cocina se convierte en una alegoría de lo que fue Europa en vísperas de la II Guerra Mundial, un avispero de intereses que desembocaron en el conflicto bélico.
La obra, pese a ser coral con un elenco de 26 actores de primer orden, se fija especialmente en la relación sentimental entre un cocinero alemán (Xabier Murua) y una camarera francesa (Silvia Abascal), que a lo largo del espectáculo (una jornada en el restaurante con su comida y su cena) se enfadan y reconcilian cinco veces, hasta el desenlace que todos podíamos imaginar.
Al final, es el dueño del restaurante (Luis Zahera), un decrépito italiano con aspecto de capo de la Camorra napolitana que se nos presenta como un explotador, el que regaña a sus trabajadores con una paternalista filípica que culmina con un ¿Qué más queréis? que repite varias veces hasta que se apagan las luces. Es el mundo que nos abronca por nuestras ambiciones incongruentes y nuestro egoísmo.
De telón de fondo de la acción en el restaurante, el acuerdo internacional suscrito en 1953 para condonar la deuda de una Alemania arruinada y derrotada, causante de dos guerras mundiales. Recomiendo especialmente la obra a Angela Merkel y a todos aquellos que atornillan a Grecia, por ejemplo.
En cuanto la puesta en escena, es una de las más complicadas y espectaculares que pueden verse hoy en día en los teatros españoles. Concebida como espectáculo circular (el público rodea el escenario) gracias a la versatilidad del Valle-Inclán, 26 actores de las 17 comunidades españolas interactúan sin parar por todo el espacio escénico sin que ninguno de ellos se encuentre nunca con tiempos muertos. La labor del equipo artístico y de Sergio Peris Mencheta, autor de la versión y director, es sobresaliente al haber sabido conjungar a tantos actores al mismo tiempo.
Además, durante la obra se producen dos peculiares mannequin challenge, esa práctica que hace furor ahora en internet que consiste en grabar un vídeo con todos los personajes completamente parados, como si fueran estatuas.
En La cocina no se trata de un mannequin total. La acción de repente se pone a cámara lenta o casi detenida, con los actores prácticamente inmóviles. Cada uno de los mannequin tiene objetivo muy diferente. En uno de ellos podemos contemplar con claridad la cobra que, sin ser Chenoa ni Bisbal, le hace la camarera francesa al cocinero alemán, acto que hubiera pasado desapercibido para muchos espectadores en el maremágnum de una cocina a pleno rendimiento.
El otro es el choque entre el mozo chipriota (Ricardo Gómez) y una camarera, que acaba con todos los platos de sopa por el suelo. El momento es espectacular porque la escena se detiene justo cuando ambos empleados contactan y se mantiene estática durante varios segundos.
El momento culminante de la obra, sin embargo, desde el punto de vista escénico, es la hora punta de la comida, con los 26 actores cruzándose, corriendo, llevando platos, fregando, encargando las comandas, gritando el ¡Oído cocina! bajo la dirección de un chef (Roberto Álvarez) bastante pasota. El espectador, además de admirar la increíble coreografía, puede volverse loco si quiere verlo todo.
Dos horas y cuarto de espectáculo -en el que no faltan números musicales- que se hace corto si no fuera por la dureza de las sillas plegables del teatro, que son capaces de aplanar el más mullido de los traseros.

*En realidad, la frase es mía pero queda más elegante si se cita a un clásico.

MATAR A LA BESTIA (2)

(continuación de Matar a la bestia) En la comisaría le dieron una paliza y lo humillaron. Querían saber quiénes eran sus cómplices. De nad...